martes, 24 de diciembre de 2013

MI-CRO CUENTO DE NAVIDAD (La niña de ayer)



Crónica del día: Una Navidad humana.

Un lejano invierno se alejó de mí el Espíritu de la Navidad. Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella Noche Buena fue la peor noche de mi vida. Tenía jóvenes años y aún no sabía lo que era la distancia de las querencias.

Hoy, subí al desván; me encontré a la adolescente de falda corta que asomaba las piernas por la atalaya de sus tacones imposibles y se comía al mundo, aunque se le indigestara la Navidad.  Hurgué en los cajones atascados de tiempo en la cómoda carcomida. Mientras tendía recuerdos en las cuerdas de una vieja guitarra, algunas fotografías se asomaron en blanco y negro al color de la tarde. El espejo, antiguo y marchito, de la habitación sin la abuela, presentó sus respetos a mi edad sin arrugas. Y creí, al escuchar el eco del tiempo, que debía recuperar ausencias.

Dispuesta  para la ardua tarea, he desempolvado ayeres en aquél día de Reyes   con la niña triste que abraza una muñeca zancuda, manteniendo en la mano el carrito de bebé fingido.  Hace ya mucho tiempo de aquella fotografía, pero soy tan yo, que no me importa envolverme de nuevo en la nostalgia de mis juguetes rotos. Me pregunto, qué sería sin nosotros inmortalizados en una fotografía. Sin la capacidad de volver atrás hasta recordar aquellos maravillosos sueños asomados ahora en cartulinas marchitas.


Hay quién dice (y le escucho sin compartirlo) que no es bueno recrearse en el pasado. Yo digo que según para qué. Hay momentos tan bellos de atrás, que bien merece hacerles un hueco ahora.

La sonrisa es eterna; en la niñez, adolescencia o juventud sin miedos. También lo es en la piel caduca o en los años alargados de edad y achaques… Y lo es por igual el llanto acompañado de soledades; incluso en las fechas que dice la tradición que hay que empacharse de dulces alegrías.


No sé. Debe ser cosa del tiempo. De mi tiempo. Por un momento he creído tener la necesidad de colgar espumillón que brille en las esquinas de la vida. Me afano, pues, en la búsqueda de aquel árbol de luz oculta en sus ramas; y del reno tirando de su carrito iluminado... Son los penúltimos adornos de muchas navidades tristes. Aunque no sé si a partir de ahora, -aun intentándolo- me gustará la Navidad. Si podré recuperar aquel espíritu navideño que se escapó de la llorona niña de ayer, una Noche Buena, lejos de su mundo soñado- aunque ahora sea el  reflejo de la más feliz de todas las niñas felices de ahora. Pero me he encontrado con aquella llorosa criatura -que enternece desde su tristeza- y he visto en mi cara de hoy que aún pervive en mí toda su inocencia. Y eso es, sin duda, motivo suficiente para celebrar la Navidad que acaba de comenzar.

Felices noches buenas a todos los gatos y humanos de buena voluntad…

miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA SONRISA DE OLVIDO



Crónica del Día. Por sexto año consecutivo de frío otoñal,  se ha contado, cantado y bailado bajo los tejados para una buena causa: Ayudar a los enfermos de Alzhéimer y otras demencias seniles de Tobarra (el pueblo de nuestra ama que, según ella, -y los felinos corroboramos- es solidario por naturaleza).  

Los tejados aparecieron cubiertos de escarcha los días 14 y 15 de diciembre, pero los corazones emitían calor para derretir el frío del olvido. Fueron los días en que hombres y mujeres de buena voluntad, de voces timbradas, se dedicaron a recaudar fondos en esa VI Gala Musical que, como en años anteriores (y según oimos los gatos) ha sido de nuevo un éxito, gracias a tantas personas como han colaborado con cantes y bailes de salón. Además de ese cuento, que la dueña de nuestro corazón gático dedica cada año a Olvido, y que hemos conseguido traernos aquí, para que los gatos nos arrullemos con palabras en los momentos en que nos hace falta sentir la caricia de una voz.  

Claro, que con esta ama nuestra, los gatos nunca sabemos por donde nos va a salir. La fuimos observando durante días, -mientras nos asomábamos por las rendijas de su vida-  cómo doblaba su voz y se volvía la niña que quería hacer reír a su abuela...

Y pocos supieron, -en el escenario de las noches altruistas- hasta que lo dijo, que Carmelilla era su propia niña interior